El mundo que conocimos. Algunas apreciaciones sobre el Covid-19 desde una perspectiva astrológica.


No quisiera sonar catastrófico, pero nada volverá a ser como era. No hay normalidad a la que regresar. Los tiempos que conocimos han estallado. El coronavirus será recordado como el alfiler de una burbuja que explotó con muy poco. Estamos en el umbral de un cambio de época, y estos acontecimientos precipitan el salto. Este texto tiene un tono diferente a nuestras prodcciones habituales, sobre todo porque trabaja con otros elementos.

Esto no es ni bueno ni malo; no es posible tomar partido. Sólo nos queda observar, intentando hacer lo posible para no resistirnos ilusoriamente a lo inevitable de este gran cambio. Estamos entrando en la era de Acuario, y Urano (regente de Acuario) atraviesa el signo de Tauro. La vida se atraviesa de un ritmo muy vertiginoso. 

Nos invito a pensar que el problema no es el Covid, sino que nuestra estructura fundamental de vida estaba profundamente desequilibrada. Aquí y allá, todo el tiempo, se veían evidencias de ello. Este virus es una especie de aglutinante de todos esos desequilibrios, como si fuese capaz de apoyarse en varios al mismo tiempo. Golpea más fuerte donde la desidia caló más hondo. Se ensaña con los países con gobiernos fascistas (Estados suicidas), con los sistemas de salud abandonados, con las zonas marginales. Allí donde el desequilibrio es más fuerte, allí florece.

La gripe porcina y la gripe aviar son sus predecesores. El SARS también. La forma en la que criamos animales para consumirlos y la expansión de la frontera agrícola generan un desequilibrio que enferma. El problema no nace de un virus mágico, sino de un modo de relación de la humanidad con el mundo. Tenemos un problema como especie. La crisis del treinta empezó a evidenciar que la economía del globo estaba unida, esta crisis sanitaria nos evidencia que nuestros cuerpos están enredados, vinculados. 

Por otro lado, una reacción muy común a este acontecimiento es que todo el tiempo tratamos de elaborar discursos tranquilizadores que nos permitan sentir que es entendible y comprensible lo que pasa. Que hay responsables, actores y actrices de nuestra desdicha. Me haría muy feliz creer que hay una conspiración, pero tengo que decir que, desde mi punto de vista, no. Esta enfermedad existe, no es ficticia. Tampoco es un experimento chino, ni una creación de los laboratorios, ni una mentira de los medios de comunicación. 

Este virus es un incendio que avanza sobre la vegetación seca, y nadie parece notar que hace mucho que no llueve. No es una enfermedad que nos encuentra en integridad y plenitud. Nuestro modo de vida estaba profundamente agrietado, y por esas grietas se introdujo el virus. Podemos seguir teniendo la esperanza de que haya alguien que se beneficia con esto o aceptar que nuestra forma de relacionarnos entre nosotrxs y con el mundo ha tocado techo hace tiempo y las señales de lo inviable se están haciendo cada vez más estruendosas.


El Covid como bisagra de un cambio de época.

La era de Piscis estuvo marcada por la fe, el cristianismo, las cruzadas, el oscurantismo. Ahora está llegando a su fin. Da sus últimos estertores en los gobiernos de ultraderecha, sostenidos en la fe evangélica. Pero la vida avanza, implacable.

Por una parte, la pandemia produjo y evidenció muchos cambios que tienen que ver con el salto de época: se amplió la virtualidad de lo ya virtual (clases, cursos, vínculos) y se extendió lo que podía ser virtualizado (ciertos trabajos, sexo, prácticas terapéuticas, etcétera). La posibilidad de estar conectadxs a través del aire es algo fuertemente acuariano. Y esta pandemia lo profundizó. En la velocidad de propagación del virus, se evidencia el nivel de globalidad real que hemos alcanzado. 

Dado que el planeta regente de Acuario, Urano, está transitando el signo de Tauro, la punta de lanza de la transformación en estos años tiene que ver con la vida, el trabajo, el alimento y los procesos biológicos. 

En cuanto al trabajo, la virtualización de todos los trabajos virtualizables y la opción forzada de una renta mínima que el Estado garantice (en Argentina el IFE; en varios países,  medidas similares) acercaron una discusión que, de fondo, tiene que ver con los puestos de trabajo que elimina el avance de la tecnología en todas las tareas humanas. 

Por otra parte, con esta crisis se evidenciará el grado de irrealidad de nuestras economías. Con la caída del petróleo a un pico de -USD 38, sin dudas la economía tomará caminos muy curiosos en los próximos años (esto es: los productores le pagaban USD 38 a quien estuviera dispuesto a llevarse un barril de petróleo). Es probable que vivamos una acentuación de esta crisis en esta segunda mitad del 2020.

En cuanto al alimento y nuestra forma de producirlo, se comienzan a volver evidentes los efectos patológicos de la expansión ilimitada de la frontera agrícola para alimentar el ganado criado en espacios de hacinamiento. La tecnología avanza de manera ilimitada, y en su avance desarrolla técnicas para producir alimentos de manera masiva: la tecnificación de la cría de animales genera un caldo de cultivo para virus como el de la gripe porcina, el de la gripe aviar, o este nuevo Coronavirus, que, según algunos afirman, habría pasado de los murciélagos a un segundo animal –que funcionó como eslabón intermedio– vinculado con los animales de los que nos alimentamos. Según otrxs, pasó directamente del murciélago al humano. Por otra parte, el avance de la frontera agrícola obliga a los murciélagos a entremezclarse con otros animales y con humanos, generando el desequilibrio ambiental que sostiene la irrupción del virus por una parte y la expansión de la pandemia por la otra.

Si no venía el Coronavirus, habría sucedido algo similar, equivalente. Algo estaba a punto de estallar. El statu quo se sostenía con mucha dificultad, aunque muches nos resistieramos a verlo.

Por cierto, si alguien tienen ganas de curiosear un poco más sobre urano en Tauro, le invito a seguir este link en donde se puede descargar un artículo que escribí con una colega cuando urano entró a Tauro: 
https://ivsebabruzzese.wordpress.com/2020/06/29/urano-en-tauro/

Estocadas finales a una era moribunda.

La era de acuario exige multiplicar las conexiones. Aquello que opere en este sentido, tendrá vía libre; lo que por contrario aísle, tenderá a desaparecer, a romperse. Muchos de los cambios que trajo este virus tienen que ver con volver vertiginosas las circulaciones. Claro, mientras el miedo sostiene aislamiento y parálisis, esto aún no es del todo visible. Pero basta como ejemplo la velocidad con la que la voz de Floyd gritando que no podía respirar se escuchó en todo el mundo. Y el eco de la asfixia conquistó muchas calles.

“Es tiempo de evidencia científica, no de rumores”, dice el presidente argentino. El Coronavirus implica un salto: nos caemos en nuestra época. Los mandatarios que legislan acorde a lógicas religiosas y medievales les han dado encuentro a los resultados que esta pandemia hubiera traído en el Medioevo. 

La cuarentena me parece una medida espantosa y asfixiante, pero no por eso puedo dejar de reconocer que es la forma más compasiva de atravesar esta pandemia.

Según muchxs, sólo se vuelve a la “normalidad” con una vacuna o un tratamiento efectivo de la enfermedad, que, necesariamente (por las reglas del juego estatal), debe construir la ciencia. 

Los pensamientos mágicos y religiosos de Trump no parecen reducir la tasa de mortalidad, mientras que las gestiones tecnócratas del Estado esperan que la ciencia desarrolle la cura manteniendo encerrada a la población. La gestión religiosa del Estado confía en el milagro, en que la pandemia se irá por sí sola, en que es apenas un resfriado, en que se cura con cloro. Por un lado, la ineptitud; por el otro, algo que –a pesar de sostener y profundizar la distancia con el mundo– tendrá mayor eficacia para las estadísticas y, por lo tanto, para las ciencias y el Estado. 

La era de Acuario (signo que rige el avance y la investigación científica) se mostrará mucho más adecuada para gestionar esta pandemia que su predecesora era de Piscis.

El Coronavirus es lo único capaz de arrebatarle las elecciones a Trump, y de algún modo está diciéndole a la humanidad: “Allí donde había vestigios de la era de Piscis, habrá sacudidas”. Lo que me resulta más grave es que del otro lado del sanitarismo cientificista encontramos la lógica religiosa. Lejos, siempre lejos, quedamos quienes bregamos por una concepción de salud un poco más integral, que favorezca el encuentro con el mundo en lugar de la distancia.

De un lado y del otro, lo vital pierde espacio. No hay transformación que nazca de exigir un retorno, ni revolución que no sea capaz de escuchar el pulso, el límite de la vida. 

Uno de los grandes elementos que hicieron posible la conquista de América fueron los virus que trajeron consigo los colonizadores. Esas armas biológicas diezmaron poblaciones enteras alimentando la acumulación originaria que posibilitó el surgimiento del capitalismo, que permitió el crecimiento y expansión del sistema industrial. La colonización fue ampliamente asistida por las enfermedades, pero también porque, de algún modo, los colonizadores se comportaron como virus, implantando sus códigos en las estructuras imperiales locales: no las destruyeron desde afuera, sino que entraron en ellas y lograron destruirlas desde adentro, haciendo que sea el aparato imperial inca sometiera a las comunidades locales. 

¿Será también lo viral lo que marcará el fin de una época?

Desde donde miro, en la paranoia no hay más que anulación. Dejar de creer que NOS están tratando de envenenar, de poner chips o de vender vacunas, dejar de construir un ELLOS que no existe. Dejar de negar la realidad de una enfermedad que, sea como sea que la miremos, se añade a las preexistentes de las que nadie se ocupa. Si alguien conquista un pulso revolucionario en este presente de encierro es porque logra devenir virus, transformar sus prácticas de modo tal que pueda implantar un código que haga funcionar a su favor la maquinaria post-industrial, que lo ha ocupado todo. No es combatiendo el imperio que logramos producir nuestras nuevas condiciones de existencia. No es posible pelear contra algo que lo ha ocupado todo. Quizás hay algo que se abre si nos proponemos pensar que en nuestro mundo contemporáneo sólo hay flujos, y que los flujos en nuestra época no tienen comando, son flujos ciegos, bobos. No hay grandes complots, sino apenas flujos que no están comandados por nadie y que atraviesan viralmente nuestros cuerpos. El gerente de la coca cola que manda a talar un bosque para aumentar las ganancias y no perder el empleo no obedece a un plan macabro, sino a un flujo ciego. Si renunciaba, otro hubiera hecho eso mismo. Hay una una lógica, algo frío y abstracto que toma los cuerpos, que los parasita. No hay potencia en la negación, en la oposición, como tampoco hay dónde irse.

Si nos proponemos pensar en cómo sustraernos de esas lógicas, se abre la posibilidad de abandonar la impotencia. En el complot sólo hay impotencia. O me resigno o invento un afuera, que ya no existe, en donde poder estar en paz. Juego a ser distintx, a vivir diferente, pero no hay dónde sin llevarnos este mundo con nosotrxs, y no hay lugar del mundo a donde no hayamos llegado ya. 

Lo posible aparece cuando observamos que, en cada unx, esos flujos ciegos se vuelven parte del propio psiquismo. Funcionan como scripts informáticos. El script es un lenguaje de programación que ejecuta diversas funciones en el interior de un programa de computadora. Si pensamos que esos scripts emanan de nuestro colectivo, que no obedecen a nadie y nos guionan la vida a todes, es posible empezar a diseñar una política viral, que desarme lo que nos parasita. El patriarcado es un claro ejemplo de ello: una larga serie de guiones, de scripts, de narrativas que construyen cuerpos que replican estos scripts para sentirse a salvo. Nada más parecido a un virus. Los virus no están vivos ni muertos: toman la maquinaria de una célula sana para convertirla en una fábrica de más virus. Se introducen en las células vivas para replicar lo que las mata. 

Si pensamos en estos términos, hay algo que podemos hacer, recuperamos la potencia y la posibilidad. Un desafío, entre otros, será sustraer nuestros psiquismos de esas implantaciones, de esos scripts. Recomponer nuestro lazo con el mundo habitando, con profundidad, la propia vida. Habitarnos de tal modo, con tal intensidad, que no dejemos espacios vacíos a estos scripts virales de un mundo decadente. Intentar multiplicar lo vital, la conexión con lo vital, y descargar en la red humana de la que somos parte los resultados individuales de esos experimentos. 

Parafraseando a Henri Bergson, donde la vida encuentra una restricción, la transforma en un medio. 


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